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Rit’i K’uchu, La Rinconada de Ananea, el lugar que no debería deexistir y que se llama irónicamente La Bella Durmiente de Nieve

En 1998 vuelvo a La Rinconada en Puno, donde en años anteriores intentamos organizar un sindicato minero conjuntamente con la Federación Nacional de Trabajadores Mineros del Perú y también un taller de fotografía social de TAFOS. Es una especie de estación final en la vida de una persona, un lugar sin leyes, sin escapatoria. El lugar más salvaje que he visto en un tiempo sin guerra. Allí vive gente desesperada, buscada por la justicia, jóvenes sin hogar. Pero todos tienen una cosa en común: lo último que les queda para perder es la vida misma.

Ubicada por encima de los 5,000 msnm, La Rinconada es la ciudad más alta del mundo. En 1998 vivían 30,000 personas (hoy llegan a 70,000). Todas habitan casas hechas de calamina, sin agua potable y sin desagüe, con las aguas servidas corriendo en una canaleta abierta en el medio de las pistas sin asfaltar. No hay hasta hoy ningún tipo de servicio sanitario y los residuos sólidos –incluyendo excrementos– se mezclan y se acumulan dentro del poblado y en sus alrededores. El olor es nauseabundo.

Las temperaturas suben poco por encima de 0° C, pero bajan en las noches hasta – 25° C. Para protegerse del frío, no hay nada más allá de una delgada calamina, ninguna calefacción. Para calentarse hay alcohol, también prostitutas –muchas veces menores de edad– y sobre todo la fe de que al día siguiente se va a encontrar mucho oro en las minas, ubicadas algunos cientos de metros por encima de la ciudad.

Para completar el desastre de vida que pasan los mineros y comerciantes con sus mujeres e hijos, todo –el aire, el barro, las paredes, todo– está contaminado con mercurio. Muchas familias queman la amalgama de mercurio con oro en la cocina de sus propias casas, donde cae el mercurio enfriado sobre comidas, ropa y camas.

La mina

A casi 6,000 msnm termina el glaciar Ananea. En sus faldas penetran una gran cantidad de socavones que, atravesando el hielo, llegan a una roca que contiene alta concentración de oro. Ya los incas habían trabajado en esta zona, que está en la cabecera de los Andes. Esos socavones perforados en el hielo de los glaciares de Ananea muchas veces no tienen la altura de una persona.

En la medida en que se retiran los glaciares, los movimientos de las aguas muelen las rocas y liberan el oro que ha causado tanta fiebre en la selva de Madre de Dios, que es hacia donde van los ríos que brotan del Ananea. O sea, La Rinconada da origen a la minería aluvial en el departamento de Puno y en Madre de Dios, donde se extrae casi el 10%[1] del oro producido en el Perú. Y esto se hace con métodos extractivos lesivos para los humanos y para el ambiente. Sin embargo, en La Rinconada apenas algunos ganan algo.

La concesión con el Estado mantiene vigente a la Corporación Minera Ananea S. A., empresa que explota una pequeña parte del yacimiento. Unos 250 contratistas [2] organizados en tres cooperativas alquilan a la empresa minera el derecho de explotar cientos de socavones. Para ellos trabajan aproximadamente 4,000 mineros permanentes. Además, una incalculable cantidad de trabajadores temporales realiza labores menores, por ejemplo, los adolescentes empujan las carretillas en los socavones donde no se puede avanzar de pie.

Muy pocos trabajadores reciben un salario por los 28 días de trabajo, porque solo tienen contratos verbales de cachorreo, es decir, su trabajo se recompensa con el derecho a explotar uno a dos días los socavones del contratista por su propia cuenta. De acuerdo a como se encuentre la ley del mineral de la veta, esto puede ser mucho. Se habla de casos en los que algún trabajador logró sacar hasta el equivalente de 5,000 soles en oro en un día. Pero la mayoría saca poco o nada.

Fuera de las minas trabajan las pallaqueras y sus hijos. Ellos rebuscan en los relaves aquellas piedras que han sido descartadas de la mina y que muchas veces contienen un poquito de oro. Finalmente, muelen las piedras en quimbaletes. El quimbalete es una suerte de batán gigante para romper las piedras y poder después amalgamar el oro con mercurio.

El día en que el cerro se vino abajo

El día que llegué a La Rinconada, mientras buscaba un lugar para pernoctar, me avisaron desde la asociación de los mineros (una especie de sindicato de los trabajadores) que estaba por ocurrir un tremendo accidente. Casi todas las semanas hay allí accidentes fatales que lamentar, pero esta vez me dijeron que se vendría abajo toda una pared del cerro. Dicho cerro ha sido profundamenten perforado con socavones, sin que nadie controle sus impactos. Y ahora se escucha cómo la roca se está desprendiendo del cerro, alistándose una enorme avalancha.

Ese día, ya casi de noche llegué al nevado. Allí todo el mundo estaba a la expectativa de lo que iba a pasar. De repente, nos remece un ruido como el de una gigantesca explosión. Luego, una enorme nube de polvo cubre la pampa, en la cual se han esparcidos decenas de miles de toneladas de rocas, dejando los socavones al descubierto.

Los contratistas de estos socavones se han quedado paralizados, pues las vetas que han perseguido con tanto trabajo ahora están en la pampa, como relaves públicos. Desde entonces, noche y día las pallaqueras, y todos los que poseían un martillo y una linterna, poblaron la pampa buscando lo que los mineros no han podido sacar en su labor dentro de los socavones. No les importaba que siguieran cayendo piedras, que finalmente mataron a dos mujeres. La fiebre del oro era más fuerte que el instinto de sobrevivencia.

 

[1] Ver: “Perú. Oro de Madre de Dios… ¿ya es legal?” (2015).

[2] Ver: “Estudio sociolaboral en los centros poblados de La Rinconada y Cerro Lunar, Puno” (2005). 

 

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