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Palmasola

Entre 1998 y 1999, ingresamos, Cordt Schnibben –de la revista alemana Der Spiegel– y yo, tres veces a la prisión de alta peligrosidad Palmasola, en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia. Se encontraba en las afueras de la ciudad y era conocida como El Muro. El propio comandante de la policía ingresó mi mochila con la cámara y, después, me hizo algunos problemas al percatarse de que en la segunda entrada yo me había quedado dentro durante una semana sin que nadie se diera cuenta.

Esta cárcel fue un experimento de “cárcel humana” realizado en 1989, forzado por el no confirmado robo de los fondos que había para la construcción de una cárcel y que terminó en la elevación de un muro perimétrico de cinco metros de altura alrededor de las treinta hectáreas que la conforman y en la construcción de unos tres galpones, sin divisiones ni servicios.

Los presos, básicamente condenados por narcotráfico y asesinato, construyeron sus propias casas, negocios y talleres al interior del muro, que se convirtió en el hito central de sus vidas. Por el que se escapaban, legal o ilegalmente, por ejemplo, a través de tunneles.

Según cuentan, fueron mormones quienes comenzaron a vivir con sus familias en esta cárcel. Con la modificación de la ley antidroga en Bolivia, los condenados por tráfico de drogas perdieron sus casas y sus bienes en la ciudad y entonces llevaron a sus familiares –mujeres y niños– a vivir con ellos en la cárcel. Muchos de ellos se convirtieron así en presos también, pero que salían en las mañanas a sus trabajos o a estudiar y volvían en las noches.

Este flujo de personas, y el hecho de que los policías no se atrevían a entrar a la prisión  –porque nadie sabe si hubieran salido con vida– hizo que algunas personas educadas pero involucradas en el narcotráfico y una gran cantidad de extranjeros –entre ellos cinco alemanes–, una parte muy ruda de la sociedad, vivieran dejados a su merced, al humor de los jefes. Los asesinados dentro del penal simplemente se dejaban en el portón de salida.

Allí, a falta de desagüe, las aguas servidas discurrían en pequeñas acequias por los caminos dejando muy malos olores. Además, de esto, la falta de higiene y la omnipresente violencia hicieron que esta fuera una cubertura documental muy difícil de realizar. En las noches yo dormía en el restaurante del Rey Salomón, de quien se decía que fue el piloto que transportaba la droga del desaparecido dictador Hugo Bánzer. Hasta hoy conservo como recuerdo la casaca de cuero de gamuza del Rey Salomón. Él me salvo en varias oportunidades, cuando mis tímidas y a veces semiocultas tomas de fotografías molestaban a los internos.

Lo que cambió mi situación de intruso a príncipe fue una exposición de fotografías de mi primera estadía. Tras esto, todo el mundo en la cárcel quería posar para mi cámara. La exposición provocó también una fascinante discusión sobre la situación de la cárcel, en la que participaron tanto los presos a través de su organización, como el cura católico, el pastor evangélico… y hasta el último preso por asesinato.

Los ánimos acalorados nos obligaron finalmente a salir de la cárcel más loca que he conocido, por seguridad. Luis Salomón, El Rey, tuvo que cerrar su restaurante por varias semanas, también por seguridad.

Con la documentación periodística realizada allí, Cordt y yo ganamos una mención honrosa en el Premio Hansel Miet en 1999.

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