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El Manu: o el paraíso no existe

 

A mediados de mayo de 2017, entramos Jack Lo Lau, periodista peruano, Víctor Kameno de la Federación Nativa del Río Madre de Dios y Afluentes, Fenamad, y yo al corazón del Parque Nacional del Manu, fundado en 1973 y que fue declarado Reserva de Biosfera por la Unesco y Patrimonio de la Humanidad en 1977.

Realmente es un bosque imponente: una de las mayores concentraciones de biodiversidad en el mundo. Los científicos, nacionales y muchos extranjeros, llegan aquí para observar en sus 17,162.95 km2 los animales silvestres de una fauna abundante, con 4,385 especies registradas. En el Manu hay toda clase de monos, el otorongo (Panthera onca), el perro de oreja corta (Atelocynus microtis), la nutria gigante (Pteronura brasiliensis), la anaconda y muchos otros animales, mencionando aquí solamente los más conocidos.

Pero el gran valor de este lugar, la herencia de culturas milenarias, es la presencia de pueblos indígenas Matsigenka, Mashko-Piro, Yora, Harakmbut y Yine. Son miles de pobladores que viven en diferentes estados de contacto con la sociedad general o en comunidades nativas conectadas, en contacto inicial, en aislamiento voluntario o simplemente no contactadas.

Esta población suele ser seminómade y vive de la rica biodiversidad del bosque, cazando con arco y flecha, pescando y recolectando frutas, aparte de tener algunos campos de cultivos de yuca (mandioca o Manihot utilissima).

La parte alta del Parque Nacional del Manu llega hasta los 4,000 msnm. Estas regiones de altura están pobladas por quechuahablantes y mestizos.

En el mes de mayo, nos embarcamos en un viaje en deslizador de dos días para llegar primeramente a la comunidad nativa Tayakome. El tercer día tuvimos que viajar en peque-peque, por lo estrecho y accidentado del río, para llegar a Yomibato en el corazón del Manu. Todos los ríos en esta zona, como el Manu y el Yomibato, están poblados por Matsigenkas. Esperábamos encontrar allí una población viviendo su cultura, en un ambiente sano, y comiendo una dieta muy variada en medio de tanta biodiversidad. Esperábamos encontrar una situación muy cercana a las imágenes del paraíso, la imagen que venden las autoridades peruanas hacia fuera. El parque y la vida en armonía con la naturaleza.

Pero grande fue nuestra sorpresa al encontrar las comunidades. Ya los dirigentes de la Fenamad, encabezados por Julio Cusurichi[1], nos habían advertido que la situación de las comunidades responde a un terrible abandono por parte de las autoridades peruanas, aparte de una marginación consciente por parte de la jefatura del parque, a cargo del Servicio Nacional de Áreas Naturales Protegidas por el Estado, Sernanp.

Nadie sabe con exactitud cuántas familias viven en Yomibato, pero el profesor estima que son alrededor de trescientas, entre comuneros y familias en contacto inicial, algunas apenas con un mes de haber llegado desde la cabecera del río, e incluyendo a los indígenas voluntariamente no contactados, que solamente bajan al centro poblado cuando vienen los misioneros dominicos de Puerto Maldonado para celebrar la misa. Los dominicos, o sus antecesores, son quienes –según se dice– han “salvado a los Matsigenka” poniéndoles ropa, construyendo escuelas y fundando las comunidades nativas Tayakome y Yomibato.

A pesar de que muy pocas personas en la comunidad hablan español, la construcción de la escuela –el mito de la educación occidental– es lo que hasta hoy está atrayendo a las familias a instalarse en comunidades cerca de las escuelas y del centro de salud. Es bueno recordar que esee mismo mito es el que motivó las rebeliones de los años 1950 en los Andes.

En el centro de salud encontramos un técnico de origen arequipeño. Durante el viaje, nos acompañó un friaje y toda la población del valle estaba con influenza. Sin embargo, el técnico no salía de su centro de salud, sino que repartía paracetamol y amoxicilina a quienes lo buscaban. No hay trabajo de prevención.

El Manu, según el estudio de Victoria Tauli Corpuz[2], cabe perfectamente en una serie de áreas protegidas donde no se respeta los derechos indígenas y donde hay alta mortandad y extrema pobreza. No encontramos en el Manu a personas mayores de sesenta años y en nuestras manos murió una niña de apenas un mes y medio de vida. Cuando Víctor Kameno de la Fenamad mandó un mensaje reportando esta muerte y la epidemia de influenza por radiograma, recién se movilizó un equipo médico desde Salvación, comunidad ubicada en la zona de amortiguamiento del parque. También se mandó las vacunas para las familias recién contactadas.

Según el reclamo unánime de la población y la Fenamad, la jefatura del parque restringe las áreas cultivadas, prohíbe la crianza de animales menores y limita el libre tránsito. Las diferentes instituciones que intervienen en el parque, sean ONG o ministerios (de Educación, Salud, Producción, Agricultura, Cultura y Medio Ambiente), no coordinan entre ellos, algo que sería muy necesario.

El pueblo Matsigenka en Yomibato, en rápido crecimiento, sigue la lógica productiva de un pueblo seminómade, arrasando los recursos naturales a su alrededor, sean palmeras frutales, animales silvestres o peces. Pero como ellos ya están afincados en este lugar, los recursos se encuentran cada vez más lejos del poblado. Urge, en nuestra opinión, acompañarlos para que tengan una producción alimenticia a base de plantas tradicionales, pero cultivadas en la vecindad de sus casas y aprovechadas sosteniblemente; además, las prácticas de agroforestería, las granjas de animales menores y la diversificación de la producción agrícola les ofrecen alternativas.

Esta población hoy vive básicamente de yuca, de alguna caza eventual y de la pesca en los riachuelos, con magra cosecha. En consecuencia, encontramos una marcada desnutrición en los niños y mucha anemia, sobre todo en mujeres gestantes y madres de recién nacidos. Gracias a una ONG local tienen agua potable muy limpia, pero en general la situación de higiene es alarmante.

En la zona, llama la atención la organización familiar: un hombre tiene por lo general dos mujeres y muchos hijos y todo el quehacer de la familia gira alrededor de los niños. Esto explica la atracción hacia los pueblos, tanto por el mito de la educación como por la existencia del centro de salud, pues la mortandad infantil es, según los propios pobladores, muy alta.

En julio de 2017, Julio Cusurichi, presidente de la Fenamad, y Mauro Metaki Lipe, presidente de la comunidad Tayakome, viajaron a Ginebra invitados a la Décima Sesión del Mecanismo de Expertos sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas, mecanismo creado por la ONU para denunciar casos como el del Parque Nacional del Manu. Nuestras imágenes fueron proyectadas durante la reunión y los puntos de nuestro informe forman parte del pliego de reclamos. Ambos ingresaron al archivo de este mecanismo.

Es que no estamos, Jack y yo, entrenados en buscar el paraíso, sino en poner el dedo en la llaga para intervenir, en este caso en la defensa de los derechos básicos de la población Matsigenka en el Manu.


 

 

[1] Ganador del premio Goldman Price por su esfuerzo de proteger a los Pueblos Indígenas en aislamiento y contacto inicial (Piaci).

[2] United Nations Special Rapporteur on the Rights of Indigenous Peoples Expert Mechanism on the Rights of Indigenous Peoples (Ginebra, 2017).

 

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