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El proyecto de Pacchanta

Conociendo la sociedad campesina altoandina y participando en el cambio social

Durante un viaje a las alturas del nevado Ausangate en 1983 conocí a un gran dirigente social, Mariano Turpo, quien era también un importante altomesayoc, es decir, un chamán[1]. Mariano vivía en esa época en la laguna Alcacocha a unos 4,500 msnm, en Pacchanta.

Mariano Turpo es famoso en el Perú por haberse opuesto a los dueños de la hacienda Lauramarca, a la cual pertenecían las tierras que ancestralmente habían sido de los pobladores de la zona. Su protesta en la década de 1960 duró hasta que el entonces presidente Fernando Belaunde Terry lo recibió, hacia finales de su primer mandato.

Turpo fue también uno de los últimos chamanes poderosos de la zona altoandina del Cusco. Su conocimiento lo heredó su hijo Nazario, quien se convirtió en el altomesayoc que acompañó al presidente Alejandro Toledo a Machu Picchu en el año 2001 y se convirtió en asesor del museo del Instituto Smithsonian en Washington, además de haber sido consultor de muchos antropólogos antes de morir en un accidente automovilístico en 2007.

En ese tiempo, en la década de 1980, Mariano y yo establecimos una relación muy fuerte y poco después su hijo Nazario me presentó a la asamblea de comuneros del entonces anexo Pacchanta de la Cooperativa Lauramarca (en la cual se había transformado la hacienda luego de la Reforma Agraria de fines de los años 1960), que entonces ya funcionaba como una comunidad campesina.

La comunidad nos prestó una casa para usarla como nuestra vivienda y nos dio la posibilidad de participar en sus asambleas, permitiendo que proyectemos las imágenes que yo iba tomando en la comunidad. Los debates sobre los problemas locales cada vez se alargaban más y se acaloraban. Al mismo tiempo, muy pronto un grupo de jóvenes empezó a acompañarnos en las caminatas y me ayudaban a descubrir el funcionamiento y los problemas que enfrentaban. Tomaba fotos en las cuales buscaba enlazar diferentes momentos, para así juntar tiempos y espacios diferentes en un solo momento durante la asamblea de la comunidad.

De esta manera, los jóvenes comenzaron también a discutir nuestro análisis con los comuneros –sus padres–, lo que ayudó en la toma de decisiones en las asambleas. Mi amistad con Mariano y Nazario fue muy importante en este proceso, ya que ambos gozaban de mucho respeto y participaban activamente en los debates.

 

 

Fue en este momento cuando por primera vez en mi vida de fotógrafo lo que importaba no era lo que yo buscaba con mis imágenes, sino que tuve que encontrar la manera de hacerme entender a través de ellas por personas de una cultura completamente diferente a la mía. Allí descubrí que los procesos de comunicación visual son emocionales más que racionales y transmiten muchos mensajes implícitos y que tenía que aprenderlos. El lenguaje social, corporal y geográfico es distinto en cada cultura, lo mismo que la forma de observar y de mirar. Desde Occidente, comparamos y asociamos a partir de lo aprendido racionalmente, mientras que los pobladores no alfabetos –o casi– del mundo quechua aprenden observando su entorno social y geográfico, es decir, aprenden viendo, observando y analizando imágenes reales de su entorno.

Yo, por mi parte, tuve que aprender a leer los símbolos en sus tejidos. En Q’ero, había conocido las imágenes narrativas; en Pacchanta, Mariano me ayudó a entender que el conocimiento y las imágenes que manejaban ellos son diferentes a los del mundo Q’ero porque el lugar, la presencia de la naturaleza y el contacto con el mundo exterior son también muy diferentes. Lo mismo ocurre con la tradición oral, que además es dinámica; si bien los héroes que presenta y su estructura son panandinos, las variaciones en lo narrado dependen del lugar y del momento, del contexto en que se da el relato.

En la medida en que las discusiones en las asambleas aterrizaban en decisiones y acciones concretas, comencé a tomar una serie de imágenes fáciles de entender, con planos geográficamente ubicables, para mantener el debate vivo, pues en un mundo que piensa y organiza sus tiempos cíclicamente, nada o poco se realiza en un solo acto.

Este tiempo cíclico se da entre las cosechas, siembras, tareas del pastoreo y migración temporal para algunos trabajos… Así que solamente en los tiempos libres se puede realizar faenas y obras colectivas en tareas no tradicionales y por ello los cambios toman tiempo. En el caso de Pacchanta, el proceso de cambio tomó 30 años, porque las modificaciones promovidas por la propia población buscan no poner en peligro su precario sistema de seguridad alimenticia. Los agentes externos, por ejemplo, las ONG, no siempre son una ayuda en este proceso, pues ejecutan sus propios planes y lo deben hacer en los tiempos dictados por los donantes. Sin embargo, cabe mencionar que el rol de la Iglesia católica, los Jesuitas y su ONG local, el CCAIJO, fue importante porque todos ellos acompañaron pacientemente durante más de esas tres décadas a la población de las zonas altas de Ocongate, teniendo como técnicos a muchos profesionales de origen campesino, algunos de los cuales incluso llegaron a asumir la alcaldía distrital de Ocongate, como lo hizo Graciano Mandura en dos oportunidades.

En esta época, en la zona jugó un rol importante la coyuntura política y social. Ya hemos visto el cambio en las elecciones de los alcaldes con la nueva Constitución política del Perú en los años 1980[2]. Pero, al inicio, las municipalidades no contaban con recursos suficientes y la toma de consciencia acerca de su nuevo poder tomó años a los comuneros, que nunca desde la Colonia habían tenido la posibilidad de ejercerlo como lo han hecho en las últimas décadas.

Terminada la dictadura de Fujimori y con el boom de las materias primas, desde el comienzo de los años 2000 y con el inicio del proceso de descentralización a nivel nacional, las municipalidades provinciales y distritales comenzaron a manejar presupuestos que les permiten llevar a cabo sus proyectos. Al mismo tiempo, algunos ministerios empezaron a incluir, por primera vez, a los pueblos con extrema pobreza de las zonas altoandinas en los planes de combate a la pobreza y facilitaron fondos para infraestructura, riego, vías y otras necesidades, como semillas, ganado reproductor, etc. Recordamos, por ejemplo, los programas “Luz para todos” o “Agua para todos”, que hoy llegan a casi todas las comunidades de Quispicanchis. También se desarrolló la telefonía rural y, finalmente, a partir del año 2010, se inició la construcción del canal de irrigación que se había planificado en la zona desde 1986.

Por otro lado, gracias a la liquidación de la cooperativa –que ocurrió entre los años 1983 y 1986– y a la creación de nuevas comunidades campesinas, se logró poblar las tierras agrícolas que habían estado reservadas desde las primeras décadas del siglo pasado para la hacienda y posteriormente para la cooperativa. De esta manera, después de más de medio siglo, la población volvió a sus tierras, en las cuales se encuentran mejores condiciones para la producción agropecuaria que en aquellas en las que antes se les “permitía” cultivar y pastar a su ganado.

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En 2016, 30 años después de este largo y complejo proceso, volvimos con las imágenes antiguas a la ahora comunidad Ausangate –que incorpora varios anexos de la cooperativa Lauramarca– para discutir en una asamblea acerca de los cambios sucedidos en ese periodo y evaluar con la nueva generación lo ocurrido. Los actuales dirigentes nos habían visto siendo jóvenes y habían escuchado de sus padres los acuerdos comunales que hoy se han realizado casi en su totalidad. Más incluso, ya que los proyectos que sustentaban esos acuerdos han sido replicados en muchas otras comunidades al pie del Ausangate. En efecto, existen o están en construcción cuatro canales nuevos, la zona exporta semanalmente 1,000 kilos de queso a varios lugares –hasta a Pucallpa– y la producción de cuyes alcanza a 29,000 por año.

La discusión con la nueva generación ha sido interesante, pues los actuales adultos jóvenes no solamente se han sorprendido con la diferencia que hay respecto a la situación antigua, de hace 30 años, sino que han aprobado en la asamblea de la exposición fotográfica construir una represa, pues el agua para el nuevo canal cada año es más escasa, lo que se debe al descongelamiento del glaciar que lo nutre.

Este proceso fue  acompañaron durante varias décadas por muchos técnicos, tanto del CCAIJO como de ONG locales o regionales, del Plan Meriss en relación al agua y el riego, de la Cooperación Alemana al Desarrollo; también estuvieron allí amigos que vinieron desde Cusco y muchos más. Los debates no eran tanto sobre temas técnicos y agropecuarios, sino fundamentados sobre las imágenes, las cuales estimulaban a debatir los sueños de los comuneros y ayudaron a activar las habilidades existentes dentro de la comunidad. Realmente ha habido un proceso de toma de consciencia y de acción de los propios comuneros, los cuales se apoyaron en sus nuevos derechos.

Los alcaldes campesinos han jugado un rol central en este proceso; el canon gasífero y la construcción de la carretera Interoceánica también. Pero para todo ha sido esencial que los gobiernos locales hayan logrado solicitar aquellos fondos del Estado que hicieron finalmente posibles los cambios.

 

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[1] Ver: “El altomisayoq tocó el cielo” (La República, 26 de julio de 2007) y también el libro Earth Beings. Ecologies of Practice Across Andean Worlds (Marisol de la Cadena, 2015).

[2] Ver el libro mencionado de Raúl H. Asencio, Los nuevos incas. La economía política del desarrollo rural andino en Quispicanchi (2016, Lima, IEP) y la entrevista al autor en “Los nuevos incas de Quispicanchi”, en La Mula (2016).

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